Este mes se han cumplido diez años de los terribles atentados terroristas que acabaron con la vida de más de un centenar de personas en París en 2015. Los actos han consistido en varias ceremonias frente a los lugares asaltados, la inauguración de un jardín en memoria de las víctimas, un espectáculo musical y varias ofrendas que han construido, frente a las cámaras, un relato impecable de manos entrelazadas, abrazos y emoción. En definitiva, lo que ha hecho la ciudad una vez más es proyectar una imagen muy contraria a la realidad, una puesta en escena basada en la unidad, la resiliencia, la integración, el amor y la aceptación de las diferencias para esconder sus problemas y miserias. Si tomamos como referencia estos últimos diez años, está claro que el balance es otro, el de una ciudad marcada por la tensión social, los conflictos, el descontento frente a la clase política, las manifestaciones contra el gobierno, los boicots al poder y los problemas económicos. Pero, al igual que para acoger los Juegos Olímpicos de 2024 la ciudad le hizo un lavado de cara a todos sus edificios emblemáticos —solo a la parte frontal, la que se ve por televisión—, en esta ocasión ha hecho lo propio cuando se sabía centro de todas las miradas en una fecha tan notable.
Esta farsa tan ensayada con la que se ha vuelto a presentar ante los focos internacionales demuestra la capacidad de París para convertirlo todo —el terror, la memoria, la victoria, el fracaso— en el escenario de una obra de teatro en la que no cabe su realidad, la de una ciudad atravesada por la tensión social permanente y que logra aguantar su fachada mejor que sus cimientos.
La ciudad lleva siglos perfeccionando el truco. El mito empezó mucho antes. París no es la ciudad de la luz por sus horas de sol que, según las estadísticas, se acercan más a las de Reikiavik, en la oscura Islandia, que a las de cualquier ciudad europea. El sobrenombre tiene su origen en un esfuerzo muy concreto, en el siglo XVII, por iluminar las calles con faroles para controlar mejor a los habitantes y, de paso, reducir la criminalidad; más tarde, a finales del XIX, se consolidaría cuando las grandes exposiciones universales exhibieron las maravillas eléctricas de la capital. Esa asociación entre luz, modernidad y orden urbano fue el primer gran rebranding de la ciudad.
Con los siglos, la operación continuó por otros medios. La luz dejó de ser física para volverse simbólica: capital de la Ilustración, de los derechos humanos, de la revolución, de la cultura universal. La ciudad que alumbraba al resto del mundo. Y como toda buena marca, el eslogan se quedó grabado. Hoy nadie se pregunta ya de dónde viene eso de la ciudad de la luz. Es algo incuestionable.
También ocurre con otro de sus mitos, el de la ciudad del amor. Este cliché, que ha sido alimentado desde hace décadas por el cine, la televisión, la literatura o la publicidad, es otro ejemplo de cómo ha logrado adaptar su realidad para convertirse en un atractivo producto capaz de resistir generación tras generación. Si algo tienen en común las producciones sobre la capital francesa es que la gran mayoría dibujan una urbe falsa, un decorado en el que solo caben los cuerpos de pasarela, una torre Eiffel que brilla a todas horas o una terraza en la que dos enamorados comparten una botella de vino. París vende romanticismo, al igual que otras ciudades venden sol y playa. Y para que este sobrenombre no sea cuestionado, es necesario apoyarlo con una selección de imágenes de la ciudad entre las que no cabe la mezcla cultural, los problemas del extrarradio, la contaminación del aire o la suciedad de sus calles. Es lo que hizo, por citar un ejemplo reciente, la serie Emily in Paris, de Netflix, a la que criticaron que su protagonista se moviera por un París mayoritariamente blanco y bien pagado, un parque temático de terrazas perfectas y gente guapa y a la moda en el que el conflicto social era, como mucho, un problema de engagement en redes sociales. Quizá lo único real que mostraba la serie era la facilidad de los parisinos para todo lo que tiene que ver con el sexo. En realidad, París es la ciudad del amor porque la ciudad del sexo tiene una aceptación más cuestionable en esta sociedad actual tan remilgada. Y porque, no nos engañemos, a la hora de vender perfumes, la sutileza del concepto amor funciona mucho mejor.
La imagen de la ciudad del amor está tan alejada de la realidad que los turistas que llegan buscando algún escenario idílico para reproducir alguna romántica escena en sus fotografías son invadidos muy rápido por la desilusión. A veces, la decepción es tal que roza la enfermedad. El diario Le Monde lleva años hablando de un fenómeno, el síndrome de París. Se trata de un trastorno que al parecer afecta a algunos turistas —sobre todo japoneses— cuando descubren que la ciudad está en realidad muy lejos de la postal que les llegó. Algo así como el síndrome de Stendhal pero a la inversa. No hace falta creer que se trate de una enfermedad en sentido estricto para entender la metáfora: París ha vendido tan bien su ficción que una parte del público no está preparada para la realidad. La gran mentira funciona tan a la perfección que, cuando se cae el decorado, hay quien se marea.
Este universo de gente enamorada y feliz que la ciudad ha exportado al mundo contrasta además con otra de sus realidades. París es una ciudad de personas tristes. Tan tristes que cualquier sonrisa a destiempo puede provocar un conflicto; aquí la alegría desconcierta. La razón es que sus habitantes se sienten solos: según un estudio de Ipsos de 2024, un 57 por ciento de los residentes en la región parisina está de acuerdo con esta afirmación. La dificultad para crear vínculos sociales es un mal común de las grandes ciudades, pero en París, el carácter de sus habitantes o la falta de luz hacen que sea aún más complicado. No obstante, este escenario tan verdadero no resulta visible para quienes llegan a la ciudad buscando ilustrar sus mitos, del mismo modo que tampoco es visible cuando los barcos que hacen tours por el Sena tienen que esquivar el cuerpo de algún vecino que, cansado ya de la cruda realidad, ha decidido acabar con sus días en las aguas del río.
La paradoja de todo esto es que ese decorado funciona. Según la Organización Mundial del Turismo, Francia es desde hace años el país más visitado del mundo —cien millones de llegadas internacionales en 2023, por ejemplo—. Una parte sustancial de ese flujo gravita en torno a la capital y su región, Île-de-France. Es decir: la postal atrae a gente. Tanta que en algunos barrios ya es imposible caminar a causa de las hordas de turistas que lo invaden a diario. Es el caso de Montmartre, donde los vecinos, desesperados ya, han visto cómo los comercios de proximidad son sustituidos por tiendas de souvenirs y los alquileres de corta duración han vaciado la zona de residentes permanentes. Esta ciudad es capaz de convertir en postal unos pocos kilómetros cuadrados mientras relega todo lo demás a la oscuridad.
La realidad es otra. El relato que no se ve en la postal es el de una ciudad en la que el precio del metro cuadrado supera los 10.000 euros y donde la clase media se ve obligada a mudarse a la periferia o a otras ciudades, incapaz de seguir el ritmo de los alquileres. Los informes de la OCDE muestran una Francia que, en términos de desigualdad de ingresos, se sitúa en la mitad de la tabla de los países ricos. Es decir, sobre el papel, el país sigue siendo relativamente igualitario comparado con otros vecinos. Pero basta con subir a la línea 13 del metro a las ocho de la mañana, buscar piso o detenerse frente a alguna oficina de desempleo para comprobar que esa igualdad estadística convive con una desigualdad territorial muy diferente y sobre todo visible en el área parisina y sus suburbios, que concentran gran parte de las sombras del país.
Estas sombras tienen nombre propio: banlieue. Durante décadas, el extrarradio de la capital ha sido el gran agujero negro de la promesa nacional de igualdad. En 2013, el diario El País recorrió el departamento de Seine-Saint-Denis, al noreste de la ciudad, y lo definió como un territorio al límite por el paro, el fracaso escolar, la pobreza y la droga. Una zona bastante conocida por los disturbios de 2005 y por encarnar una mezcla explosiva de juventud, migrantes y desilusión. Diez años después, los términos apenas han cambiado. Cuando, en junio de 2023 un policía mató de un disparo a Nahel, un adolescente de 17 años, durante un control de tráfico en Nanterre, también a las afueras de París, las crónicas volvían a hablar de una banlieue incendiada, llena de barrios multiculturales y empobrecidos, poblados por hijos y nietos de inmigrantes magrebíes y subsaharianos a los que han hecho sentir franceses de segunda y que acumulan un resentimiento persistente hacia las instituciones.
Pero estas no han sido las únicas movilizaciones en estos últimos diez años. Desde los chalecos amarillos hasta las protestas masivas contra la reforma de las pensiones en 2023, el paisaje más frecuente de la última década no ha sido el de una ciudad resiliente que abraza su trauma, sino el de ciudadanos permanentemente en la calle. En enero de 2019, por ejemplo, se contaron más de 50.000 manifestantes de chalecos amarillos en toda Francia, de los que unos 4.000 se concentraron en París en una de las muchas jornadas de protesta de aquel invierno. Pero ni el París de la banlieue ni el de los chalecos amarillos cabe en la ciudad de la luz y del amor.
París es una gran mentira. Es la ciudad que se maquilla para los Juegos Olímpicos, que limpia grafitis a contrarreloj, que coloca flores frescas en los puntos exactos donde estuvo la sangre y que inaugura jardines de la memoria con ceremonias impecables para poder seguir escondiéndose tras la imagen que vende al mundo. Pero es también la ciudad donde cada vez es más difícil encontrar un alquiler asequible, la ciudad en la que los estudiantes, las familias monoparentales y los trabajadores con el salario mínimo se enfrentan a una crisis de vivienda especialmente dura y en la que los franceses de segunda luchan por ser considerados iguales, sin importar su origen.
Si algo ha demostrado esta última década es la distancia entre la imagen que París vende de sí misma y la experiencia de quienes la habitamos. Desde fuera, París sigue siendo la ciudad que “no se hunde”, la que ilumina, la que ama —Paris vous aime (París os quiere), dicen los carteles en la zona de llegadas de los aeropuertos—. Desde dentro, París es la ciudad de la cola del RER que nunca llega, de los ascensores averiados en torres HLM, de los adolescentes que arden de rabia en la banlieue cada vez que una intervención policial termina en tragedia, de las clases medias que calculan cuánto tiempo podrán aguantar antes de hacer las maletas e irse a otra parte. Quizá la gran mentira de París no sea que la ciudad de la luz no exista, sino que llevemos demasiado tiempo aceptando que esa luz basta para iluminarlo todo.